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Sobre mí y mi sombrilla roja…

¡Hola! Mi nombre es Miriam Pérez, en mi adolescencia descubrí los increíbles beneficios de escribir. Aprendí a poner en mis palabras como veo lo cotidiano de la vida, aprendí a usar las letras para darle forma a los sentimientos, aprendí a sacar las emociones dejándolas en un papel. Así como disfruto de la escritura, disfruto de leer. Disfruto leer todo aquello que nutra alguna parte de mí, como mi espíritu o intelecto. Es por esto que decidí crear un espacio donde pueda compartir mis reflexiones y conocimiento, de manera que pueda ayudar a nutrir el espíritu e intelecto de otras.


¿Por qué sombrilla roja?
Para mí las sombrillas nos regalan seguridad. Cuando vamos a salir al aire libre y tenemos sombrilla, nos quitamos la preocupación del clima, nos vamos confiadas, ya que con la sombrilla estaremos protegidas, no importa si llueve o si hace sol. ¿Qué hay de un día de playa bajo una gran sombrilla? Nos relajamos sintiendo la brisa, el sol, protegidas por la sombra que nos regala. Cuando tenemos una sombrilla nos da la sensación de tener un objeto con el que te puedes defender o usarlo para resolver cualquier cosa que requiera un golpe fuerte y hasta nos regala apoyo y balance cuando la convertimos en baston.


El rojo… Una vez me encontré en una galería de arte con un cuadro grande, donde una mujer desafiaba el viento con una sombrilla roja… desde ahí, comenzó mi asociación del rojo con la valentía, con la seguridad… para mí se requiere de mucha seguridad para atreverse a usar rojo. Recuerdo la extraña que me sentía cuando me compre mi primer par de zapatos rojos, no se parecían a mí. Ahora cada detalle rojo que combine con mi sonrisa, me representa.


Así como la sombrilla representa seguridad externa, el rojo es la seguridad interna y si algo quiero para mi y para cada mujer de este mundo es seguridad en todas sus formas. Seguridad interna para hacer lo que su mente y corazón le dicte, para puedan cumplir cada uno de sus sueños, para que pueden enfrentar sus miedos, para que NO permitan ningún tipo de relación injusta a causa de sus inseguridades. Seguridad externa, poder estar seguras en cada lugar que visitamos, segura en todos los ambientes, que en ningún lugar ni ninguna persona sea una amenaza para nuestra seguridad física, mental y espiritual.

¡Que todas vivamos la seguridad de la sombrilla roja todos los días de nuestra vida!

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Maquillándome

¡Al fin llegó el viernes!! Me visto de negro, me pongo mis “tacas” de trabajo, dejo suelta mi melena rizada, me paro derecha frente al espejo y pienso: “solo me falta delinear bien los ojos y usar algo de ‘listik’ para enmarcar mi sonrisa” y hoy estaba muy sonreída. Me preparé un desayuno “to go”, preparé mi merienda y salí a toda prisa. El camino al trabajo tiene la medida de tiempo perfecta para desayunar, maquillarme y cantar una que otra canción. Ya terminé mi desayuno y canté mis cancionsitas, es hora de maquillarme.

En ocasiones, cuando comienzo mi proceso de maquillaje, que es corto y sencillo, me siento como una india alistándose para un ritual o como algún artista colocándose una máscara. El maquillaje es como subrayar con un lápiz de color lo más importante de mi cara. Es ese aditivo que me puede dar fuerza y confianza o un pincel con el que puedo agregar o realzar belleza en el rostro.


Con una mano en el guía, la vista en la carretera, comienzo a buscar, ciegamente, mi estuche de maquillaje, no lo pude encontrar. Al fin llego a una luz roja, con desespero vacié la cartera y no encontré nada. Mis ojos se quedaron sin la profundidad que quería darle. Aún con la esperanza de haber olvidado mis cosméticos en el trabajo, me bajo a toda prisa a buscarlos, decepción… no los encontré. ¿Ahora qué? A trabajar sin maquillaje…. Como si fuera poco me topé con más colegas de lo usual al llegar al trabajo, comenté mi situación de no maquillaje y recibí varios elogios en los que me decían que me veía bien sin él, que mi cara no requería de maquillaje para verse bien. Pues me lo creí, seguí con mi melena suelta, me paré derecha y comencé mi día.


Me cuestioné durante el transcurso del día, ¿para quién en realidad nos maquillamos?? ¿Los hombres en realidad se dan cuenta de que hoy la sombra de ojos era azul y la de ayer verde? En realidad no lo creo, el maquillaje nos ayuda a tapar imperfecciones como manchas, pocas horas de sueño, ojos cansados y agranda una pequeña sonrisa. Sin embargo, estoy segura que mis ojos se vieron igual de profundos que siempre y mi sonrisa igual de sonreída, porque lo que irradia desde mi interior no es maquillado.

¿Qué me hace feliz a los 30?

22/2/2014

En la mañana conversé con una amiga, de esas muy buenas, pero por cuestiones de tiempo, hijas y estilos de vida, no compartimos con la frecuencia que deberíamos, pero la confianza intacta. Ella está a mitad de su segundo embarazo, a sus 30! La noticia le dio una gran alegría, fue lo primero que le pregunté cuando me envió la foto de su prueba positiva. Mi amiga es una mujer muy inteligente y astuta, quien en su vida se ha topado con muchos limones con los que ha hecho muy buena limonada y siempre con una gran sonrisa. 

La noticia de su embarazo me dio mucha alegría, claro, aunque me da esa patadita en medio del pecho, por no saber cuándo me volverá a tocar a mí. Entre sus cualidades está ser una extraordinaria madre, es de esas madres solas que yo admiro y respeto (entendiendo como sola, aquella mujer que con pareja o sin ella, carga la responsabilidad de su bienestar y el de sus dependientes, incluyendo a su pareja como dependiente). La conversación fue muy adulta, sobre las niñas, sus listas de regalos para Navidad, trabajo, cómo va su embarazo y hablar por clave sobre el papa de su nueva princesa (él estaba junto a ella). Colgué con esa sensación de que ya no somos las jovencitas aquellas que solo pensaban en hoy.

En la noche, de regreso a casa, conversé con otra de mis viejas amigas, quien tenía que contarme de su súper divertido fin de semana acampando en Disney’s Fort Wilderness Resort and Campground con sus compañeros de trabajo. Se escuchaba tan feliz, que me dio tranquilidad saberla tan bien. Me dijo que se sintió como cuando estaba en la escuela superior: comer, beber, reír, volver a comer y seguir riendo libre de preocupaciones. Cabe señalar que ya tiene 30, está terminando sus estudios, tiene su casa, su carro, su compañero de vida, (larga historia) y un trabajo del que no se piensa jubilar, pero le genera muchas alegrías. Sí, creo que mi amiga logró su sueño americano. Su vida siempre ha sido una montaña rusa de emociones, y escucharla contando sus mil historias es todo un chiste, aun cuando está roja del mal humor. Tal vez, por la distancia de su país y su familia, para ella la amistad tiene un sentido muy especial. La verdad, eso me encanta de ella, si hablara chino, hasta a los chinos ella invitaría a un BBQ en su casa. Eso le da una especie de juventud.

Por otro lado, hace unas semanas, almorcé con otra de mis grandes amigas, quien también ya pisó los 30. Nuestro punto de encuentro fue la tiendita de Milagros, frente a la Pablo, como mejor se conoce la escuela intermedia, donde juntas estudiamos. Es una experiencia interesante, sentarnos en el mismo piso que hace poco más de 15 años nos sentábamos. Aunque, ya las conversaciones son más reales que hipotéticas y las decisiones tienen un tono más profundo. Hace tantos años que no veía a mi amiga disfrutarse la vida siendo simplemente ella y disfrutando cada cosa que realiza. Destacando que pasó, aproximadamente, 10 años al lado de un hombre que no era malo, solo que tenían sueños diferentes, bueno, él solo dormía, mientras ella soñaba. De esta relación nacieron dos tesoros, antes de sus 30, pero es ahora que mi amiga tiene la libertad de disfrutarse a sus hijos a su manera y sin restricciones. Por fin, le llegó la oportunidad de tener el trabajo que le encanta y tanto en su casa como en lo profesional está batiendo sus alas a sus anchas. En el amor… pues… la vida le está dando un descansito para que su concentración se quede en ella misma y en sus hijos que son una extensión de ella.


A meses de cumplir mis 30… Por fin entiendo o al menos al fin le doy validez a la frase “los 30 son los nuevos 20″. Al escuchar a mis amigas felices, con diferentes circunstancias y en la misma etapa de vida, acepté que la felicidad a los 30 es muy individual. La situación está en mi mente, en mis expectativas. Claro, las ideas preconcebidas en mi mente por la sociedad también cargan parte de la culpa. Yo le pongo fecha a mis anhelos y corro muy rápido tras de ellos, si no los alcanzo, siento que se me escaparon, cuando en realidad solo tengo que esperar a estar a su paso y no al mío.

Logré algunos de mis sueños muy rápido, ya a mis 25 años tenía a mi niña, el intento fallido de un matrimonio con el amor de mi vida, un buen trabajo del cual he hecho mi carrera, tenía mi carro, mi casa y mis estudios. En ese orden específico, aunque no lógico. Mi felicidad a los 30 está en redireccionar mis metas, con la idea clara de caminar tras mis sueños no correr tras de ellos. Mientras camino, seré feliz con el fruto de mis esfuerzos y disfrutaré el hermoso paisaje de mi vida, en el que están incluidos mi familia y amigas como ellas que trascienden tiempo y distancia.


Bienvenida crisis de los 30…

Descubrí porque estoy soltera

Descubrí por qué estoy soltera

Tener más de 30 y nunca haber pisado un altar para decir sí, acepto hasta que la muerte nos separe… cuestionar qué pasó con él o con aquel, repartir culpas y aceptar responsabilidades, hace que cuestione qué pasa conmigo…

Ya fui a terapia, he leído libros, columnas y he escuchado las versiones de mis amigas. Aún así me he preguntado de diferentes formas, por qué no he encontrado el amor. Aun reconociendo que sí me he sentido enamorada.

En estos días descubrí varias cosas en mí…

He cuestionado mucho mi comportamiento, mis respuestas ante él, ante mí o ante aquel. Sin embargo, no había cuestionado mis creencias, mis perspectivas. No había cuestionado la congruencia entre lo que pienso y lo que realmente quiero.

Descubrí que…

Descubrí que no creo que el amor de pareja sea real. Mi razón me lleva a un recuento de parejas genuinamente enamoradas, quienes tienen la certeza de haber encontrado a su otra mitad. Sin embargo, dentro de mi corazón existe duda. No dudo que sean reales sus historias, dudo que yo pueda estar viviendo una de esas historias. Aunque mi amor propio me grite que lo merezco, un abismo entre mi cabeza y corazón alimenta la duda, sin importar las mil excusas que yo utilice para disfrazarla.

Descubrí que he seguido más a mi cerebro que a mi corazón. De hecho, tengo la impresión que no dejo a mi corazón hablar mucho. Siento culpa cuando lo dejo hablar. Es como si lo que diga mi cerebro tiene más valor de lo que pueda decir mi corazón. Mi razón hace que ignore, incluso, las señales de amor propio que este me dicta.

Descubrí que he amado a medias. La duda de estar haciendo lo correcto, me limita. Sin importar cuán presente he estado para él o para aquel. En realidad he dado de lo que me sobra, he protegido demasiado mi pieza más vulnerable, mi corazón.

Descubrí que aún no estoy segura si soy la valiente de la historia, quien posee el valor de terminar una relación que está agonizando o la cobarde que zarpa antes de que el barco se hunda.

Descubrí que desde mis días de adolescente, no he luchado por un amor. No he tomado el riesgo de enamorar a alguien que me interese. Busco interesarme en quien ya esté interesado en mí.

Descubrí que me da tanto miedo necesitar de otra persona para complementar mis alegrías, que prefiero evitar vivir experiencias que permitan que otro dibuje una sonrisa en mí.

Descubrí que tengo miedo de comprometerme y que no se comprometan conmigo. Por esto, no logro inspirar seguridad en el otro y busco dejar claro que como llegué, me puedo ir.

Descubrí que aun cuando el amor era solo una canción rosa, tenía cero tolerancia a algún conflicto. De esto culpo a mis papás, por su ejemplo, creé una imagen del amor de pareja sin conflictos, tarareando siempre una melodiosa canción.

Descubrí que sin importar lo arisca que sea, sí quiero recibir un beso sorpresa, una caricia diseñada para mí, sí quiero flores en San Valentín. No quiero cazar besos tirados, no quiero recoger caricias genéricas del suelo. Sí quiero ver brillo en mis ojos por alguien y ser el brillo en la sonrisa de ese alguien.

Por último y, tal vez, lo más importante, reconozco que he dedicado tiempo y energía a realizar muchos de mis sueños y anhelos. Me trazo metas solo por tener metas por las que luchar. Sin embargo, descubrí que no he luchado por mi sueño más grande, tener mi familia. Entendiendo que tener mi familia será, tener a mi esposo, ese maravilloso hombre a quien voy a admirar y amar libremente, ese quien me motivará a ser una mejor versión de mí, que caminará a mi lado, no al frente ni atrás. Con quien procrear a mi segundo retoño, producto de nuestro amor. Así dar a mi amada hija el hogar que se merece y yo vivir en el amor de familia que merezco.

Aceptando que una cosa es creer desde la razón y otra es creer con el corazón, acepto el reto de creer de corazón que el amor en mis días es posible.

El hombre controlador con su disfraz de motivador

El hombre controlador con su disfraz de motivador

Si eres una mujer independiente, inteligente y emprendedora, eres una víctima en potencia. Si tienes uno que otro complejito o, simplemente, reconoces tus debilidades, evita hablarlo con ese chico interesante que te impacta por su escucha activa. Eso sería alimento para su control.


Comienzas sitiando que es el único que te entiende y te apoya, por lo que te das permiso a ser débil frente a él. Sí, las mujeres fuertes también sienten debilidad. Tiene esta magnífica habilidad de hacerte creer que promueve una versión mejorada de ti. Pregúntate, ¿mejor para quién? Esto te lo preguntarás cuando le dices que quieres perder diez libras y él te “motiva” a botar la barra de chocolate que acabas de abrir para mitigar tu PMS. También cuando te dice que comiste mucha lechuga y eso podrá expandir tu estómago en el futuro y te verás obligada a comer más. Sin embargo, te repite que no tiene problema con tu peso.


Es encantadoramente observador. Se da cuenta de tus zapatos nuevos, tu cambio de peinado, hasta del color de tus uñas. ¡Halagador por demás! Sin embargo, luego de la fanfarria, te pregunta en forma de comentario, “¿no encontraste unos zapatos con el tacón más bajo?”, “el pelo lacio te hace lucir más delgada” o “¿no tenías un color de uñas más profesional?”. Y tú, dudas de tu elección. Lo triste es que la próxima vez vas tras los tacones más bajos, puede que hasta le envíes fotos antes de pagarlos, te estiras el pelo, cueste lo que cueste, y cambias tu color de uñas a uno más “profesional”. Y tú, como perrito en entrenamiento esperas tu “treat” cuando lo vuelves a ver. Es un domesticador por excelencia y tú hasta feliz te sientes cuando te recompensa con su aprobación.


En ocasiones, utiliza el refuerzo positivo como estrategia de domesticación. Te dice cosas como, “te comportaste muy bien en la cena con mis colegas”, “¿ves?, esa ropa te hace lucir más como realmente eres”. Y tú, incómoda con tu pelo lacio, tacones más bajos y color de uñas “profesional” y aún con hambre porque solo te permitió comer la sopa y ensalada de entrada, por aquello de que llegues a tu meta.


Es tan comunicador que, a veces, te comunica que aún hay cosas en ti que no llenan sus expectativas, como que le falta algo. Y tú, te haces una autoevaluación a diario de lo que eres o lo que sabes que él quiere. En tu autoevaluación crees que vas bien. Has hecho ajustes, después de todo hay que hacer ajustes con una nueva pareja. 

Cuando tienes que dejar de hacer las cosas que disfrutas y las cambias por aquellas con las que no te sientes cómoda, no es un ajuste lo que te pide. Te está convirtiendo en otra persona. Y tú, en nombre de ese amor que ha crecido por ese hombre que te escucha, te apoya, te aconseja, te presta atención, simplemente renuncias a tu esencia.


¿Adivina qué? No pasaste su evaluación. Y ahora cómo te comportarás, vestirás, hablarás, si él ya no está para “motivarte”…


Moraleja, la autenticidad es el vestido que mejor te luce.

¡Mujer, cancela el layaway!

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¡Mujer, cancela el “layaway”!

Cuando era pequeña, recuerdo lo mucho que me emocionaba ir a las tiendas con mi mamá y mis hermanos, probarnos ropa y que mami la pusiera en “layaway”. Es decir, que separaba lo que habíamos escogido y así nadie lo podía comprar. Recuerdo cuando, poco a poco, iba abonando, para así, asegurar que no cancelaran nuestro “layaway”. Cada vez que pagaba un poco se extendían los días, hasta que llegaba el día de poder llevarnos nuestras cosas. ¿Por qué mami hacía “layaway”? Simple, era la mejor alternativa, si en el momento no tenía los recursos completos para comprarlo todo. Estoy segura que eso ocurría en muchos hogares como el mío, y muchas jóvenes disfrutaban de la aventura de hacer un “layaway”.

Fue muy buena estrategia de administrar recursos, ¡era hasta divertido! Dejó de ser divertido cuando lo empezamos a hacer en las relaciones de pareja. Mujeres espectaculares aceptando estar en “layaway”. Aceptando quedar apartada, en silencio y hasta escondidas, esperando a que ese hombre al fin venga por ella. ¿Por qué una mujer se pondría a ella misma en “layaway”? Simple, por conformarse con un hombre, que aún no tiene los recursos completos. En este caso, los recursos pueden ser desde valentía, tiempo, interés, madurez hasta compromiso. Y entonces, ahí estamos viviendo en “layaway”, emocionándonos cuando abonan, por aquello de que el “layaway” no se cancele y mantener la mercancía asegurada. Y cuando abonan, lo hacen dando solo un poco; con una frase, un beso, un algún día… y voluntariamente, les extendemos el tiempo de mantenernos separadas. En lugar de cancelar y estar disponibles para alguien que sí pueda ofrecer todo aquello que deseamos y merecemos.

Vivir en una “relación” al estilo “layaway”, me recuerda una frase que decía algo como: “no te quedes en la puerta porque estorbas”. Lo ideal es, que la puerta jamás esté bloqueada, nadie estorbando. Alguien importante puede estar listo para entrar o alguien que perdió importancia puede necesitar salir.

Cuando pienso en la cantidad de mujeres espectaculares que conozco en este tipo de relación injusta, se me tuerce el corazón y quisiera regalarles a cada una toneladas de valentía. Para que tengan las agallas de sacarse ellas mismas de esa posición. Se necesita de mucho valor para aceptar las razones por las que hemos permitido minimizarnos así.

Lo mejor es que, esa valentía ya la trae cada mujer adentro, solo tiene que tomar la decisión de ejercerla.

Si esta es tu situación, es hora de cancelar el “layaway”. El que quiera compartir sus días con un ser tan valioso como tú, que no se acerque hasta que tenga lo necesario para “comprarlo”. Mientras tanto separa lo mejor de ti… para ti misma.

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